17/1/09

Unas palabras antes de empezar

Gracias a esta novela, me convencí de que los títulos de los libros son premonitorios. Cuando elegí Intangible, tomé como referenca geográfica la zona intangible de nuestro Parque Nacional de Cataratas del Iguazú. Es el nombre que recibe una zona (en todos los parques nacionales del mundo) inaccesible al público en general y franqueada sólo a investigadores.
Haciendo honor al nombre elegido, esta novela desapareció y resurgió algunas veces. La primera fue al intentar pasarla al programa Word con una Commodore: perdí las primeras cincuenta y cuatro páginas. Después las recuperé. Cuando el libro ya estaba editado, envié diez ejemplares a concurso por el entonces Premio Especial Ricardo Rojas otorgado por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. A poco, me llamaron por teléfono desde ese organismo para avisarme que un incendio había destruido el depósito donde guardaban los ejemplares recibidos. Estaba por mandar el reemplazo cuando volvieron a llamarme: mis libros habían aparecido. La novela obtuvo el primer premio.
Hoy quedan pocos ejemplares en versión papel, por eso decidí que resurgiera en versión electrónica hasta que una segunda edición vea la luz de los escaparates.

La trama de Intangible
La trama está basada en elementos fundamentales de la mitología y el culto guaraníes referidos a la integración con la naturaleza y en diversas leyendas de nuestra mesopotamia. Los personajes son absolutamente ficticios; no así los métodos (o anécdotas) de caza relatados. Hoy deseo que el Gurí Medina, Ramoncito y el Intangible guíen felizmente a los lectores por los senderos de mi imaginación.

Imágenes
Pertenecen a mi archivo personal y fueron tomadas durante los viajes de investigación en la zona intangible.

Ramoncito

Las gallinas. Ahí estaban, a la sombra de los bananeros, el pico abierto, las alas contra el polvo.
Ramoncito odiaba su ir y venir cacareando de un lado para el otro. Si tiró de panza bajo el piso de la casa. Acarició a Mbiguá, tendido a su lado, la cola amarilla y peluda golpeando perezosamente la tierra colorada. Cerca de su cabeza, trepando por uno de los cepos que sostenían toda la estructura de la vivienda (1), una arañuela se apuraba a tejer su red.
El chico sacó la gomera del bolsillo, buscó un cascotito. A ver si así, acostado, podía darle a alguna bataraza. Mbiguá paró una oreja cuando lo vio apuntar. Apoyado sobre un codo, Ramón estiró la goma al máximo con el brazo derecho. La piedra no llegó hasta el grupo. Sin embargo, las aves –la colorada, sobre todo- se asustaron con la nube de polvo. Cloqueando, buscaron otra sombra. El perro agitó la cola un poquito más rápido, echó una ojeada a su amo como diciendo “mala suerte” y decidió que lo mejor era dormir para compensar tanta fatiga.
Ahora, con las gallinas lejos, ¿qué podía hacer? Ramón se dio vuelta boca arriba. Nunca había observado el piso de la casa desde la tierra. Bichitos secos, esqueletos de moscas, de mariposas. Una madera crujió sobre su cabeza. El abuelo. Era el único capaz de darse vuelta en la cama a la hora de la siesta, cuando cualquier cambio de posición era un triunfo sobre la pachorra. La abuela no, ella siempre descansaba quieta.
Un terrón en la espalda. Ramoncito se volvió boca abajo. Los párpados no querían permanecer abiertos. Acomodó la cabeza sobre el hueco del brazo doblado. Uno poquito nomás, hasta que las gallinas regresaran al lugar de antes. Se habían perdido de vista y uno nunca sabe adónde van. Así es como cuesta encontrar los huevos porque los ponen en cualquier parte o se los comen las comadrejas.
¡Pobres, las comadrejas, tan feas! Y la primera de ellas, la tatarabuela que no pudo visitarlo al Niño Jesús recién nacido porque ella misma había tenido su cría y estaba sucia. Pero entonces la comadreja rogó: “Señor Niño Dios, no tengo zapatos para ir a verlo. Y mis hijitos, son tan recién nacidos que no los puedo dejar solos. Tengo miedo del yaguareté (2) y de la boa. Mis hijitos no saben correr. ¿Cómo hago para visitarlo, Señor Niño Dios?” La pobre comadreja se retorcía las manos en su madriguera. De a ratos miraba a los cachorros dormidos, blandos, y de a ratos se asomaba a la puerta de su cueva para mirar el cielo oscuro donde una estrella muy brillante mostraba el lugar del Otro Nacimiento. ¿Cómo hacer para no ofender al Señor? Éste se apiadó de su angustia, y a la comadreja le creció la piel de la panza y se le formó una bolsa que desde entonces usa para transportar a su cría. Allá fue la comadreja, contenta de llevar a sus hijitos consigo a todas partes. Una música muy suave la acompañó.

Pero la melodía creció hasta despertar a Ramoncito. Le hormigueaban los brazos y el terrón que antes le molestara en la espalda había marcado su mano. Quiso incorporarse, la cabeza sonó a hueco al pegar contra el piso de la casa. En realidad, lo había despertado el gruñido del perro que ya estaba fuera del escondite, mostrando los dientes, todo erizado. Ramón también salió, arrastrándose, para evitar otro golpe.
La música venía del lado de la selva. Fue creciendo como un hilito de agua parecido a una lombriz, después a culebra, hasta abrirse como un gran pájaro de alas desplegadas cuya sombra abarcara todo el paisaje.
El Pombero (3), tembló Ramoncito. Pensó en los cascotazos a las gallinas, en las mariposas cuyas alas había arrancado, en las hormigas perseguidas con un fósforo. El miedo lo agarraba por la nuca. Mbiguá siguió gruñendo bajito, sin moverse de su lado. Si las hubiera tenido todas consigo, habría salido ladrando a atacar al intruso.
Sería el Pombero, nomás.
Empezó a rezar un Padrenuestro. Nunca recordaba el final. ¿Serviría para algo? Tal vez resultara, pero la música siguió creciendo.
El Pombero apareció al borde de los árboles, allí donde aún humeaban los troncos rozados por el abuelo para plantar mandioca. Pero ni era un duende ni tenía la piel oscura. Usaba unos pantalones rotosos que dejaban ver las piernas entre jirones de tela antes limpia. Un saco abierto y holgado como el de los espantapájaros y, bajo el sombrero abollado, las crenchas sucias, casi blancas. Traía un pie envuelto en trapos y su mano huesuda apretaba la flauta de tacuapí (4), un mimby, de la que nacía la música, siempre igual a sí misma, la del sueño con la comadreja.
La aparición avanzó trabajosamente por el terreno irregular apoyándose en una rama seca. Como si no viera los raigones, más de una vez tropezó, pero sin interrumpir la música.
Ramoncito pensó que, por ser el Pombero, no se lo veía demasiado peligroso. Tal vez su oración lo había amansado o convertido en bueno. A medida que se acercaba, distinguió las facciones quemadas por el sol (un cuero en el que dos ojos amarillos se tornaban ciegos de tan claros). Recién cuando llegó a la sombra de los bananeros, distinguió a Ramón.
Fue como si despertara.


(1) En algunas regiones selváticas, las viviendas se suelen construir sobre cepos de hasta dos metros de altura para impedir el acceso de alimañas, fieras o inundaciones si se está cerca de un curso de agua.
(2) Tigre americano.
(3) Leyenda del litoral argentino. El Pombero es un duende que usa sombrero de ala ancha. Para conquistar su favor, se le hace una ofrenda de tabaco. Jamás se le debe decir “pombero” más bien “señor”. Es muy enamoradizo y no es raro que embarace a sus elegidas.
(4) Caña muy fina utilizada como instrumento de viento.
             
                          

Profecía

Fue como si despertara. Guardó el mimby en el bolsillo. La voz era ronca cuando le pidió agua. El chico le tiró una patada a Mbiguá para sosegarlo. Ahora que con su propia plegaria lo había convertido al Pombero en un ser humano, no era cosa de ponérselo en contra.
Cuando volvió con la jarra, el hombre se había quitado el sombrero. Se lo veía mucho más viejo, su mirada iba de un lado a otro como buscando algo que hubiera perdido, casi igual a un pájaro inquieto. El desconocido tomó la jarra y empezó a beber. Las cejas tupidas, se le unían sobre la nariz. Tenía los ojos hundidos, muy juntos. Se secó la boca con lo que quedaba de manga. Miró a su alrededor atentamente como si tratara de reconocer el lugar. Transcurrió bastante tiempo así. Ramón debió empujar un par de veces al perro –que ya estaba empezando a erizarse de nuevo- y las gallinas regresaron a la sombra de antes, olvidada su ofensa.
De pronto, el visitante sacó algo de un bolsillo del pantalón. Sacudió la mano cerrada.
- ¿Dónde está el tesoro del Intangible, el tesoro del Kaingang? –le preguntó a Ramón.
El chico se encogió de hombros. Ni sabía lo que significaba esa palabra. Para disimular su vergüenza empezó a hacer un pocito en la tierra con la punta del dedo gordo. El hombre siguió agitando la mano como si fuera un cubilete y después arrojó unos palitos sobre la tierra. Eran tres. Empezó a hablar con voz monocorde, señalando el más largo de los segmentos.
- Uno que viene del frío, empujado por el viento, el rocío lo limpió. Padre que abriga, se va el frío de adentro, el frío de afuera se va. Camino largo comenzado cuando todos lo lloran. Hoy nadie sabe quién es. Lejos quedó el agua, las lágrimas se secan, camina y hace. Camina y hace.
Su dedo mugriento se acercó al trocito de madera que había caído paralelo al largo.
- El peregrino está solo. Alguien lo acompañará aunque tarde en seguirlo. Será fuerte el acompañante y aún no lo sabe. Pero él lo empuja por el sendero. El Peregrino lo hará crecer y será su maestro, mas el acompañante no lo sabrá. Y serán como dos en uno hasta que se baste solo. El camino del acompañante se corta después de mucho caminar, aquí (mostró un palillo paralelo al más largo) por muerte de plomo que viene de lejos y el agua la trae. Más otro, el que fue su amigo –señaló el tercer segmento- seguirá por la misma picada. Ha de tomar la carga de los dos anteriores. Su pie es firme porque sabe adónde va. Y cuando llega, el camino se abre como hoja de palma: hay un ser en cada punta de la hoja.
El desconocido se levantó con su mimby ya en la boca y comenzó a modular la canción que lo había anunciado desde lejos. A pesar del pie enfermo, bailó saltando de costado. Dejó caer la cabeza: su cara estaba vuelta por completo hacia arriba. Recién entonces, bajo la luz fortísima, Ramón vio la larga cicatriz perpendicular a la boca que casi le partía el labio inferior.
- El Intangible, el Kaingang, se fue. Se fue su aliento con Kayunikú. Sus guerreros buscaron las piedras verdes y duras que vienen del norte. La más grande les sirvió de tembetá, el símbolo del poder. Se la colocaron en el labio casi partido. La esmeralda, la del labio, brilló a la luz de las antorchas. Empezó a crecer, tapó al Intangible, no se lo vio más. Solo la piedra, lisa como el agua, refulgía. Y vieron pasar por en medio de ella al tapir fuerte y al yaguareté y al venado, todos los animales pasaron y dijeron algo en su lengua, algo que ninguno de los hombres ni de las mujeres entendieron. Rugió el yaguareté, el tamanduá(1) alzó las zarpas y una yarará se deslizó por el centro de la esmeralda. Luego vieron una corzuela y un colibrí y una mariposa amarilla que era el alma del Intangible que se iba con cada uno de los animales. Y cuando los hombres y mujeres dejaron de temer, cuando entendieron esto, la piedra empezó a apagarse Volvió a ser el tembetá incrustado en el labio del jefe muerto y las piedras que eran almohada también se opacaron.
Una gran calma pareció imponerse al hombre. Estuvo quieto, casi dormido, durante un rato. De pronto, el desconocido se puso de rodillas, atrajo a Ramoncito hasta casi rozarlo con su aliento.
- ¿Dónde está enterrado el Kaingang? Los inocentes lo saben, sólo ellos pueden decir dónde está el tembetá maravilloso que asusta.
El desconocido lo sacudió con fuerza. La cicatriz vertical bajo el labio se destacó blanca entre la barba crecida.
Mbiguá quiso saltar sobre el hombre, pero algo lo retuvo. Se lo veía luchar contra una fuerza invisible. Mbiguá gruñía, esta vez, implacable. Avanzó palmo a palmo, con las patas rígidas, trepidando a cada paso su cuerpo amarillo.

(1) Oso hormiguero.

                     

Tormenta

El hombre se alejó despacio. El perro, siguiéndolo, mantuvo la distancia hasta asegurarse de que el otro no deseaba regresar.
Al rato, cuando ya las malezas habían tragado la figura del extraño, se oyó el mimby a lo lejos, igual que un hilo de agua sobre la tierra seca.

Diríase que la noche está por caer más temprano que de costumbre. Es que una tormenta se apresta a acariciar la frente ardida de los trópicos. Por la línea del horizonte que se vería si no hubiese árboles, crece un murallón de nubes tan negras como las piedras viejas de las ruinas abandonadas. La luz del sol poniente les incendia los bordes con un encaje de fuego. Las nubes siguen trepando por los escalones del viento hasta que el sol ya no alcanza: la fiesta en el cielo se acaba.
También la tierra sabe de la tempestad por las señales de sus habitantes. El musgo ínfimo interrumpe su latir. Un poco más arriba, las hojas caducas que se estaban tornando sepia por la humedad y el calor dejan de desintegrarse y sólo pueden exhalar un intenso olor medio acre y medio dulzón, como si su ciclo vital –cumplido demasiado rápidamente- todavía oscilara entre el brote y la madera. Las larvas de mariposas y de moscas han estado removiendo este cementerio vegetal durante todo el día, ya sea para transformarlo en los colores de sus tejidos o simplemente por el placer de sentir la tibieza de la fermentación. Pero también ellas perciben algo. Las crisálidas se inmovilizan y la lenta evolución hacia los colores que les harán terminar sus cortas existencias en algún tablero de coleccionista, queda interrumpida. Otros insectos cavan túneles que los alejan de la superficie peligrosa.
Más arriba, los helechos mecidos por el caer de una gota o por el vuelo espasmódico de un yerutí (1), se repliegan sobre sí mismos, como puños. Los arbustos tiemblan apenas, pero de placer. Sus hojas verde oscuro, verde claro, verde gris siempre esperan un soplo de aire que nunca llega por ser demasiado espeso el techo más verde allá arriba. Llegan, sí, los hocicos y los dientes y las mandíbulas voraces de los animales. Cercenan brotes tiernos, arrancan corazones pálidos para el diario holocausto de la vida. Pero también ellos se han aquietado en sus guaridas secretas, y multitud de ojos brillantes nunca vistos, vigilan en la penumbra a la espera de que el cielo baje a la tierra.
Hay calma hasta en las copas, siempre alborotadas por monos inquietos y por el escándalo de las chirípepé (2). Los vencejos que todavía no han llegado a destino vuelan en espiral. Les gusta este juego de planear y dejarse mecer mientras abajo una alfombra compacta oculta los ciclos de quienes no pueden desprenderse del suelo. Sin embargo, no quieren alejarse demasiado de sus nidos detrás de las cataratas para poder refugiarse en cuanto el peligro sea inminente. Los produce un vértigo placentero este riesgo hasta último minuto. Aprovechan los caprichos de la brisa, el tobogán de una corriente más fría. Se llaman, pero no es el canto festivo de la madrugada ni el desafío de las notas en celo. Son gritos cortos, espaciados por silencios descoloridos. Llamadas de atención entre ellos para que también los otros audaces los reconozcan.
Hasta los árboles semejan soldados tiesos a la espera de una orden: la orden del viento.
Las copas se cierran sobre la cabeza de Ramoncito, los troncos antes familiares parecen amenazarlo. Recuerda las piedras arrojadas contra los yerutíes, las mariposas que atrapó y piensa en el alma del Intangible, dispersa en cada una de las víctimas de su gomera.
Las primeras gotas caen sobre el techo de hojas. Un relámpago ilumina brutalmente el sotobosque y enseguida el rayo se entierra como una lanza gigantesca.
Está perdido.
Mbiguá tiene el rabo entre las patas. Gime. Tiembla.
Y como una luz que rompiera el encantamiento, la voz de la abuela:
- ¡Ramón! ¡Ramoncitooo!

Ramón miró indeciso la gomera que le sobresalía del bolsillo. Si era cierto que el alma del Intangible estaba en toda criatura viva, lo había estado hiriendo en cada pájaro cazado, en cada mariposa perseguida para arrancarle las alas. ¿Tampoco las serpientes podían ser apresadas? Tampoco ellas. ¿Y la que habían querido enviar al zoológico? Cuando la encontraron muerta, colgada entre los barrotes de la jaula, el Intangible había sido lastimado.


(1) yerutí: colibrí
(2) chirípepé: cotorrita

Candilejas y monte

-Guachito, hijo. Nosotros te recogimos.
Se lo dijo como despedida, años después, cuando el muchacho partió hacia la capital "para estudiar y hacerse hom­bre".
-Tampoco soy andaluza. Nací aquí mismito, pero en la ciudad.
Había sido hermosa en su juventud (todas las mu­jeres dicen haberlo sido). Viéndola avanzar renqueando por el sendero que conducía al río, con el delantal enrollado en el antebrazo, Ramón la imaginaba como una lancha de poco calado cabeceando en la orilla.
-Aprendí a bailar de chiquita. Las horas frente al espejo, punta, taco, punta, taco. ¡Cualquier día iba a poder retozar en el monte como tú! Con los brazos en posición, tratando de arrancarle el redoblante a las benditas castañuelas. No te imaginas esas valvas de madera rígida, desobedientes a mis deditos (que no eran lo que son ahora).
Después vino la juventud, el teatro con sus candi­lejas. La platea era una boca negra y silenciosa, un desierto de sombras hasta que callaban la música y el zapateo. Entonces el animal dormido despertaba. Aplaudían a rabiar, gritaban mi nombre. El camarín rebosaba de flores después de las funciones. Yo tenía debilidad por los espejos. Y los había por todos lados. Hice pintar lo que quedaba libre de las paredes de un color rojo oscuro, igual a la alfombra del piso. Todo eso parecía una cueva que se multiplicaba hasta el infinito. No, no importa el nombre del teatro. Ya no existe. Y aun­que así no fuera, lo callaría. Es el nombre de los amores secretos.
Tenía muchas batas de cola porque bailar flamenco era lo que más me gustaba. Si no las usaba por algún tiempo, ellas solitas se asomaban por las puertas entreabiertas de los roperos. Entonces veía un faralá con lunares grandes o una manga de gasa. O un pañolón se había caído de una percha. Querían que los recordara y les diese la oportunidad de salir a escena. Los aplausos, las luces, son el oxígeno de los vestidos. Si no, ¿de que vivirían? La gente dice que se los comen las polillas. No es así. Se dejan comer. Es como enfermarse. Algunos me traían mala suerte. Eran las noches en que había un borracho entre el público y lo sacaban a la fuerza. O un músico erraba la nota. De esos trajes me des­hacía enseguida.
Con los zapatos era diferente, no sé si porque nece­sitaba menos variedad o porque ya tienen espíritu de esclavos. Eso de estar ahí abajo, entre el polvo y el amo, le debe de quebrar el alma a cualquiera. Las castañuelas nunca me causaron problemas. Quizás al principio, porque no sabía usarlas. Son como anima­litos vivos. Ostras de madera, eso es lo que son. Nece­sitan del calor, pues la madera de la que están hechas crece en lugares de mucho sol o porque los ritmos las acalo­ran tanto que cualquier airecillo les haría mal. Siem­pre las guardé bien envueltas en sus fundas de lana.
Pero todo esto no es lo principal: noche por medio, alguien me envió una rosa, durante varios meses.
Yo estaba intrigadísima. El portero sólo pudo ave­riguar que las traía un cadete mudo, a distintas horas. Yo me ponía un poco loca al no saber si se trataba de un príncipe ruso en el destierro (por lo de la Revolución) 0 de un estanciero nordestino. No sé por qué se me ocurrían estas dos cosas. Quizás al tener noticias de la vida de la Duncan yo quisiera contagiarme un poco. Era fascinante el coraje de esa mujer, bailar casi desnuda. Aquí no le permitieron actuar en el Colón porque una noche no tuvo mejor idea que bailar el Himno Na­cional en una fiesta de estudiantes. Lo consideraron una falta de respeto, cuando ella misma confesó ha­berse enamorado de esa música.
Divagué, otra vez. Y, sí, mi vida era mucho más nove­lesca que la de ella. Pues te diré: muchas flores en el camarín, muchos admiradores, pero debía estirarme para llegar a cubrir mis gastos. Se me iba mucho en trapos, sobre y fuera del escenario. Más de una vez pedí fiado.
Hacía mucho que yo estaba como primera figura en las marquesinas, pero nunca me había pasado nada igual a esta historia de la rosa noche por medio. Cada vez que salía con algún admirador trataba de averiguar algo, por si era él. Pero ninguno me daba la clave. Al contrario, se veían en la necesidad de disculparse por haberme enviado sólo dos docenas 0 una caja de bom­bones.
Hasta que tuve el accidente. Una siempre cree que las cosas o las situaciones son eternas: el amor, la buena racha. Y no es así, pero se descubre eso con los años, cuando las oportunidades (generalmente) pasaron. Fue con el Sombrero de Tres Picos. Yo estaba muy entu­siasmada con el tema del molinero. Un poco mareada también porque tenía algo de fiebre o gripe. Y zapa­teando, avancé. Calculé mal, caí en el foso de los músicos. Después, en el hospital, supe que no volvería a bailar. Una pierna había quedado más corta que la otra.
Me despedí de los escenarios, de mis batas de cola.
Regalé lo que no pude vender. Solo retuve las castañuelas y los vestidos preferidos.
Me fui mudando a lugares cada vez más chicos, sórdidos. Mis pocos ahorros se licuaron, los admi­radores -en cuanto me vieron renquear- se volvieron a otras mujeres. Sin embargo, en medio de toda esa disolución seguí recibiendo la rosa. A veces, cuando cambiaba de pensión, había un paréntesis, pues quien me la enviaba debía averi­guar el nuevo domicilio. Pero era inquisitivo como un perro. Yo había perdido toda esperanza de conocerlo.
Una mañana la despertó, dijo, la dueña de la pensión.
Le anunció (o le reprochó) que un “caballero” pregun­taba por ella. Estaba en el recibidor.
El "caballero" esperó pacientemente hasta oír el ritmo sincopado de la ex bailarina. Dejó la caja de bombones sobre la mesa. La volvió a tomar.
Ella se había puesto la ropa más larga que tenía.
Él la aguardaba de pie. Era muy alto y flaco. Parecía siempre a punto de silbar, con la piel oscura hundida en las mejillas y el bigote ancho y tupido. La observó con ojos de medalla milagrosa.
-Soy Nuri -anunció-, el que siempre le manda la flor.
Se sentaron. Hablaron del tiempo.
Luego dijo que me admiraba desde hacía años, pero que nunca se había atrevido a acercarse. (¡Tan bonita! ¿Cómo va a fijarse en mí?).
Siempre que bajaba a la capital –aclaró Nuri- procuraba asistir a los espectáculos y renovar el contrato con la florería. Tomó juiciosamente un bombón con la punta de los dedos, sin elegir.
Nuri le contó que su padre -sirio- había muerto mucho tiempo atrás y que no conoció a su madre pues ella pertenecía a un grupo de gitanos kaldesh. Retornó a su gente cuando se cansó de la vida civilizada. Eso dijo: "civilizada".
De ella había heredado el alma andariega y de su padre la habilidad para los negocios.
Guadalupe preguntó por la índole de los negocios. Vaciló. Vendía sábanas, ropa. Todo lo que necesi­taran los vecinos del noreste en materia de textiles. Recorría los caminos en su carromato, casa y negocio a la vez.
Después le preguntó si quería casarse con él. Guadalupe comparó la habitación con los caminos que se abrían bajo las ruedas del carro. Sí, contestó.
-Así pasé de las pensiones a los paisajes. Desde entonces la tierra colorada se pegó a mis ropas. Nuri renovaba el techo del carro con juncos o con una tela hecha de pelos de cabra. No sé de dónde la sacaba. Se iba solo por unos pocos días y regresaba con las brazadas de juncos que luego entretejíamos. Se hin­chan con la lluvia y no dejan pasar el agua. O traía esa tela que te digo de pelo de cabra. Con la lluvia se encoge y se hace impermeable. El calor del sol la estira, agranda la trama y es de lo más ventilado para los días sofocantes. ¿Dónde había cabras en el noreste? En la fron­tera, tal vez. Teníamos cuatro percherones. La parte de atrás del carro era depósito. Entrábamos por el pescante.
Al principio me costó un poco acostumbrarme. Era una vida bohemia, sentada al lado de Nuri, quien me mostraba todo con el orgullo del propietario, como si la tierra le perteneciera. Con el tiempo, fue mucho mejor que los aplausos.
Empecé a usar lo que me había quedado de la ropa artística. Me até un pañuelo a la cabeza. Nuri procuró, no se cómo, unas caravanas de plata batida.
Nos deteníamos a dormir donde nos sorprendiera la noche.
A veces, cuando estábamos bien lejos de algún po­blado, después de comer, yo no podía resistirme a bailar a la luz de una hoguera. La noche se me po­blaba de candilejas, pensaba que la selva era la boca del escenario y bailaba con la música que sonaba únicamente en mis oídos.



El mejor momento llegaba hacia el final de la representación, cuando la hoguera se había hecho brasa. Guadalupe estiraba su talle flexible y era pantera de cobre. Las ajorcas marcaban el golpe que solo ella oía y una nube de polvo rojo la cubría con su destello apagado. Los ojos brillaban, la mirada remota. Tenía largos los brazos cuando los alzaba al cielo o cuando, inclinándose hacia atrás como un arco, castañeteaba delicadamente los dedos bajo el mentón de Nuri. En esos momentos, el la hubiera abra­zado, habría hecho que fueran -simplemente- hom­bre y mujer. Pero era el momento de la magia que permitía a Guadalupe seguir viviendo arriba de un carro, siempre con una sonrisa. Nuri respetaba ese rito: la había conocido así y así la quería.

Si parecía ayer nomás cuando una mujer, apretan­do contra su pecho un bulto sucio, salió corriendo de entre los árboles hacia el carro detenido. Nuri y la aún no abuela Guadalupe estaban apagando el fuego del desayuno. Hasta ellos llegó la mujer.
-Tómelo -dijo mientras le ofrecía el bulto-. Los otros ya tienen bastante hambre.
La abuela no vaciló. Su vientre se había negado a pesar de que el corazón (ah, músculo tonto que no entiende razones) desbordara de anhelo. Los brazos, solos, tomaron el envoltorio. Lo rodearon. El torso se ahuecó un poco en su afán de nido. Abrió apenas los trapos para espiar la carita. La criatura dormía. Unas pestañas muy rectas y oscuras proyectaban som­bras largas sobre la piel tersa. El color de los ojos seguiría siendo un misterio hasta que despertara. Cuando Guadalupe alzó la cabeza, la madre le daba la espalda regresando.
Nuri no hizo comentarios, sólo acomodó un pliegue para descubrir mejor el rostro del durmiente. Pasó el dedo por la mejilla afelpada color café con leche.
Trocaron el carro por una casa de madera montada sobre cepos, como todas las de la zona.
-Para que el chico tenga un hogar decente -fundamentó Nuri el cambio.
Siguió con otro tipo de negocios para mantenerse: la intermediación en la venta de cosechas para los minifundistas.
Al Ramoncito, como lo conocían los vecinos, lo vieron crecer inquieto, cariñoso, perdido las más de las veces en mundos imaginarios.
-¿En qué pensabas?
-En nada.
Por eso la abuela había elegido la ciudad y el industrial “para que se haga hombre”.
-Debe despabilarse -le comentó al marido cierta noche, con la luz ya apagada.
Después de años supo que se había equivocado. El mandato de la selva fue mucho más fuerte que cual­quier propósito y ella reclamaba a su hijo. Ramón acudió.

El xilófono

Conocí a Mafalda Querciola cuando yo todavía era, para todos, el Gurí.
Fue el día que le trajeron el xilófono en el "paquete”. Así llamaban a esos barcos que navegaban con enormes ruedas de pala a los costados. Venía de todo a bordo de los paquetes: lo que se encargaba a la Ca­pital, algún aventurero bien acompañado. De estos, unos se internaban en la selva para recoger las piedras preciosas de los buscadores de geo­das. Eran los que regresaban al puerto para tomar enseguida el barco de vuelta. También había buscados por la ley. Pero eso se sabía recién al repasar la lista de pasajeros.
Ella pintaba (aunque nunca habían visto sus cua­dros) y se había establecido en el pueblo para trabajar tranquila. Era de buen ver, más bien regordeta. La veíamos ir a misa con una sombrilla blanca de encaje. Siempre iba de blanco, desde los zapatos abotinados hasta los zoquetes y los guantes cortos de puntilla.
Hacía rato que se murmuraba en el pueblo lo del xilófono encargado por la señorita Mafalda. Anuncia­ron su llegada varias veces. Y siempre encontrábamos una excusa para ir al puerto a esperar. Quienes conocían el instrumento, hablaban de unos tubos largos pegados uno al lado del otro, un teclado para los pies y uno para las manos. Otros decían que era una hilera de tablitas metálicas y que se golpeaban con un palito.
El xilófono llegó al comienzo de las lluvias. Quedábamos pocos de los primeros curiosos. El agua caía en sábanas y cada gota dejaba una coro­nita de tierra chirle. El puerto era igual a un pisadero con grandes boñigas de tierra roja.
Bajaron una caja de madera alta, chata, muy an­gosta. En cuanto la apoyaron en el piso, empezó a hundirse de costado. Gritamos. Yo corrí a buscar una piedra para ponerla en la base. El resto del grupo se apartó por si los aplastaba al caer. Total, la caja quedó parada sola en medio del barro y la lluvia. Cuando me di vuelta, ya no se movía. El agua le res­balaba por un costado. Al otro lado, Mafalda trataba de proteger el bulto con su sombrilla de encaje blanco. Los muchachos trajeron una puerta medio podrida que arrancaron de la casa abandonada. Entre todos cargamos la caja como si fuera una persona. Apenas veíamos por la lluvia y cada uno trataba de encontrar el camino más corto hasta la casa de la pintora. Ella seguía sosteniendo la sombrilla sobre la caja. Creo que en vez de llevar la puerta, todos nos agarrábamos de ella para no caer y la señorita Mafalda debió hacer un gran es­fuerzo por mantener la dirección del grupo. Sus zapa­tos abotinados eran puro barro y, cada paso, una lucha entre ella y él, que quería hacerla resbalar.
Por fin, llegamos. Ahora se iba a aclarar la duda: si el xilófono eran tubos 0 tablitas. Hasta habían co­rrido apuestas. Inútil. Mafalda nos hizo depositar la caja en la galería y nos despidió a todos después de convidarnos unas galletitas hechas por ella misma. (A mí me dio dos).
No nos atrevimos a pedirle ver el instrumento, como lo hubiéramos hecho con cualquier otro vecino.
Rondé la casa muchas veces, a la salida de la es­cuela, hasta que me llamó:
-Medina -desde la puerta.
Debía comprarle algo. Volvió a convidarme con las mismas galletitas de la otra tarde. Se deshacían en la boca dejando un gusto raro. Dijo que era jengibre.
Llegué a hacer mandados para ella todas las tardes. Le fui contando de mis nueve hermanos, del yerbatal, de la escuela.
Se rió cuando le dije que para montar a caballo me subía a un poste. Empecé a llevarle bichitos y flores que ella no conocía porque nunca había salido del pueblo. Se maravilló con el tornasol de las avispas y con las manchas amarillas en la panza de las hor­migas yaguareté que hacen creer que tienen la cabeza por el lado de la cola y así atacan cuando son atacadas.
Le conté también cuánto me gustaba quedarme espiando a los insectos. Siempre pedía la misma historia: la de la avispa verde y la araña.
Los dos insectos luchan a muerte. La avispa tiene el vientre verde metálico y largo. Parece un péndulo o una pata más cuando levanta vuelo y deja colgar las seis extremidades. Zumba la avispa su canción. Uno la creería canción, pero es el zumbido de las alas y amenaza para la araña que la espera abajo, defensiva. La avispa zumba mientras calcula dónde ha de clavar su estilete. Y cuando la araña se cansa del acecho, apenas se distrae, le cae la avispa encima. Su veneno empieza a recorrer a la araña. Las patas no le responden, nin­guna de las ocho, y aunque la empujen con un palo, ella no se mueve, pero está viva. La avispa zumba otro poco, revo­lotea por allá y por aquí. Espera a que su enemiga termine de ablandarse. Cuando está segura, aterriza. La toma con las dos patas delanteras y la arrastra hasta su guarida. Mucho más tarde, Juan Signar, el embalsamador, me explicó que la avispa pone sus huevos en la cueva y que cuando salen las crías, de a poco se van comiendo a la araña todavía viva, pero paralizada. Es para que tengan comida fresca, me aclaró.
Mafalda odiaba a las arañas. "Porque están escon­didas -protestaba-, siempre a la espera de las víctimas inocentes, de los pobres insectos que tienen el destino de volar".
Esto decía, y se le­vantaba para aplastar a un mosquito contra la pared.
-Voy a hacer tu retrato -anunció un día-. Pero tendrás que venir todas las tardes, sin faltar una, siempre a la misma hora, y quedarte mucho tiempo sentado, quieto.
Imagen: colección personal de la autora.

El Gurí Medina

Eso era lo más difícil: quedarme quieto. Y la curiosidad. Mientras lo hacía, Mafalda tapaba el dibu­jo con un paño. Sólo conseguí ver sus manos sucias por el polvillo de los pasteles.
Hasta que pasó lo del Gringo, como lo llamaron. Pero no era un gringo, era diferente. Nadie supo explicar cómo apareció por el pueblo, soplando su caña de tacuapí. Mudo y sucio apareció.
Estaba nomás, de golpe, en el puerto, y nadie aguantaba ya esa música que él tocaba y tocaba hora tras hora. Yo no iba por ahí desde que hacía los deberes con la señorita Mafalda para después contarle mis historias. Lo vi esa única vez, a la tarde. Daba miedo. Usaba unos pantalones rotosos que dejaban ver las piernas entre jirones de tela antes clara. Bajo el sombrero abollado le asomaban crenchas sucias, casi blancas. Por eso le decían Gringo, pero no era rubio. Tenía la cara muy quemada por el sol, como cuero. Su mano huesuda apretaba la flauta de tacuapí de la que nacía la música, siempre igual a sí misma.
Cuando me vio, guardó el mim­by en el bolsillo. Se quitó el sombrero. La mirada iba de un lado a otro como buscando algo que hubiera per­dido. Era la mirada de un pájaro inquieto que vive encerrado en su jaula. Tenía los ama­rillos ojos como los de los gatos en la oscuridad. De pronto, empezó a hablar con voz monocorde:
-Uno que viene del frío, empujado por el viento, el rocío lo limpió. El sol corta el horizonte, cuchillo de luz es, separa los vientos de la vida y de la muerte, divisoria de aguas hacia el norte o hacia el sur. Ca­mino largo comenzado cuando todos lo lloran. Hoy nadie sabe quién es. Lejos quedó el agua, las lágrimas se secaron. Camina y hace …
Me distraje, no sé. Su voz se me perdió y tuve visiones de piedras preciosas, verdes, de hombres y mujeres bailando en un claro de la selva. El silencio me hizo volver en mí. Ahí estaba todavía el Gringo. Había callado y miraba el suelo.
-El Intangible se fue –dijo-. No lo pudieron detener ni el humo de los hechiceros ni el canto de las mujeres. Se fue su aliento con Kayunik. Los hombres y las mujeres bailaron. Así.
Se levantó con su mimby en la boca y comenzó a modular la canción que lo había anunciado desde lejos, tan monótona como una serpiente mordiéndose la cola.
Bailó saltando hacia los costados. Guardó el mimby y con su sola voz siguió la música interrumpida. Dejó caer la cabeza hacia atrás, las manos colgaban flojas al final de los brazos extendidos. Semejaban pájaros lastimados. Sin dejar de saltar, el cuerpo se estremecía en espasmos. Su cara estaba vuelta por completo hacia arriba. Y recién entonces, bajo la luz fortísima, vi la larga cicatriz que, debajo del labio, casi le partía la barbilla.
Sus gestos se hicieron monótonos; la voz, apagada.
Se sentó despacio en el suelo. Después de un poco, logró calmarse.
-La esmeralda, la del labio, brillaba a la luz de las antorchas.
Siguió hablando, pero yo ya no lo oía. De pronto, desperté. El Gringo se había arrodillado. Me atrajo hacia él hasta rozarme con su alien­to. Yo tenía miedo. Quise escapar, pero no pude.
-¿Dónde está enterrado el Kaingang? Los inocen­tes lo saben, sólo ellos pueden decir dónde están las esmeraldas, los cestos en los cuatro puntos de la tum­ba, el tembetá maravilloso que los inquietó. ¿Dónde? ¿Dónde lo enterraron?

Me asusté mucho. Creí que me iba a matar. Empecé a gritar para que me ayudaran. Pero el Gringo que no era gringo, parecía aumentar su fuerza cada vez más y no me hubiese sol­tado solo de no haber llegado Juan, el embalsamador, a salvarme.
Esa noche, cuando volví a mi casa, en el yerbatal, me castañeteaban los dientes.

--------

Cosquillas de luz lo inquietan, se ceban en sus pestañas como hormiguitas golosas.
El Gurí Medina se revuelve bajo las cobijas. Una rodilla huesuda asoma por el costado. Tiene hambre. Ahora no sólo son cos­quillas sobre los párpados, sino en el estómago que cruje ansioso por llenar sus fauces. El Gurí lucha con­tra todas estas incomodidades.¡Estaba tan bien con las imágenes que nunca antes había visto! El cacique del sueño, el Kaingang, el Intangible, se confunde con el Gringo. Ya no le teme. ¡Ojalá lo encuentre todavía!
La luz se impone y su naturaleza exigente reclama atención. Sol por entre las tablas. Un piar de pájaros, potente. De los demás no queda nadie en la casa. Se levanta. Un mareo lo empuja con la fuerza de un bofetón. De inmediato se sienta. Mira las piernas: dos vías paralelas interrumpidas por el nudo de las rodillas (el costrón que tenía ayer en la izquierda se ha caído). Los pies le parecen inmensos. Extraña a Mafalda.
Se prepara un tazón de mate cocido con leche. Los pantalones le quedan mucho más cortos y para poder calzar las zapatillas les recorta la punta. Parece que ha crecido. ¿En una sola noche? ¡Raro!
El camino al pueblo cruza un pedazo de selva casi virgen, bordea el río y luego sigue como una culebra, en suave pendiente alternando terrenos rozados, cul­tivos de yerba mate, islas de árboles que por un milagro ­han logrado salvar el tesoro de sus maderas preciosas.
El Gurí avanza lentamente. Debe detenerse a me­nudo para recuperar el aire. Penetra el resto de selva intacta.
Como nunca antes, siente cuán engañoso es el silen­cio, plagado de orejas atentas, de ojitos móviles. Pre­siente mandíbulas detenidas en medio de la masticación, ataques postergados, quizás un zarpazo que no se concretó. Muy por encima de su cabeza, las hojas tiemblan. Las copas son un río verde que cabrillea con los erráticos rayos de luz. Un soplo, apenas audi­ble, hace llover sobre él pétalos amarillos.
"Vuela el último fragmento, el mas pequeño de todos, parte".
Las palabras vuelven al Gurí como un ejército de hormigas en marcha. ¿Dónde las oyó? Recuerda el sueño, entero, de un solo golpe. Alza la vista hacia las copas. El cielo se ha oscurecido y pesa más que cien mantas en verano.
Sobrenadando el silencio profundo, igual a agujas punzantes, percibe un sonido familiar. Es un cri, cri pequeño, y, al mismo tiempo, múltiples carreras sordas.
Busca con la mirada.
A unos metros, una soga negra avanza cortando el sendero en diagonal. Son las hormigas de la corrección. A su alrededor, los insectos se desbandan, huyen callados, porque el temor les anuda la voz que no tienen, o porque deben ahorrar sus fuerzas para la huida. Distancia es supervivencia.

                                     

Mafalda

Voraces, arrasan con todo lo que sus mandíbulas puedan triturar, vivo o muerto. Tras su paso, no queda ningún ser viviente. El Gurí ve una langosta pegada a una rama. Las hormigas pasan por encima de ella, mimetizada con el vegetal. Él piensa en el peso de ese ejército doble­gando la resistencia de la langosta, en su esfuerzo por quedarse quieta, como ya muerta.
La ignoran.
-¡Salvada! -suspira el Gurí. Los milagros también ocurren hasta con los más pequeños.
Se incorpora. ¡Ha perdido tanto tiempo en este tramo del camino! ¡Ha perdido tantos días de enferme­dad sin ver a Mafalda! Ahora ya le llegará al hombro. Se siente atacado por grandes oleadas de ansiedad. Quisiera estar en su estudio, tomar mate cocido y contarle la historia de la langos­ta, su temor, su alivio, mientras ella dibuja flores que seguramente tiene en un vaso.
La casa de Mafalda Querciola está cerrada.
-Viajó a su patria, pero volverá. Llevó cuadros pa­ra mostrarlos.
La noticia es mala. Peor que mala. Mafalda se fue mientras él estaba de espaldas, peleando con la fiebre, con el crecimiento. Se fue a traición, cuando el Gurí cruzaba el puente que separa la infancia de la adolescencia.
La voz de Juan Sigmar cae sobre sus oídos leve­mente, como los pétalos amarillos en la selva.
“-Se fue poco después de que te enfermaras. Contabas cosas raras, Gurí, dicen. Hablabas de piedras, de ani­males. Te llamabas Kaingang, cainguá. O, si no, grita­bas que eras el Intangible. ¿De dónde sacaste esas cosas, Gurí? ¿De dónde?... ¿El Gringo? ¿Quién sabe? Te enfermaste una noche y él partió al otro mediodía. Casi lo apedrean. Los perros querían morderlo y no se Ie animaban. Las patas tiesas, temblando por saltar, pero retenidos como si alguien los frenara. Tenían el rabo entre las patas, los colmillos al aire hasta las encías. Ni yo, que de animales sé, me atreví a calmarlos. Y no había forma de acallarlo a él. Así es como casi llegaron a tirarle pie­dras. Nadie lo quería. Daba miedo.
Todo empezó cuando Eduviges, la viuda del aco­piador de pieles, salió de misa. La vieja tiene esa voz chillona que le hace preguntarse a uno cómo es que el marido la aguantó tantos años. Y el otro, encima, que había estado amolando la paciencia desde el amanecer.
Sale entonces la vieja, justito cuando el Gringo había echado la cabeza hacia atrás y empezado a bai­lar. En ningún momento dejó de cantar la melodía que hubiese tocado con el mimby de haber tenido tres manos.
-iRetro, Satanás! -le gritó la Eduviges desde el portal de la iglesia. En el aire revoleó el misal y el ro­sario que sostenía en su zarpa. Como si fueran armas los revoleó y no cosas de culto.
-¡Retro, retro! -volvió a gritarle y su cara sin cejas ni pestañas se puso amarilla, después morada.
EI Gringo apenas se inmutó. Dejó de saltar y sus movimientos se hicieron elásticos como el agua que fluye, había una suavidad en él que recor­daba el gorgoteo del río cuando aprieta el calor. Se le acercó muy despacio, como brisa.

                                      

El taxidermista

(Cuando contempla las imágenes, vuelve el delirio de la fiebre. Yaguareté, tapir, colibrí, irupé, palo rosa, el Kaingang, el Intangible. Los cuadros ya no se le pa­recen. Él es él, el Gringo -que no era tal-, con su flauta de tacuapí. Y también es el Gurí. Su rostro ha cambiado, pero se reconoce en la carbonilla, en el óleo, en los pasteles. Siempre él. ¿O el Gringo? ¿O los dos en uno? Sí, es él, él mismo. No se había visto antes esa cicatriz vertical bajo el labio. Pero es él, no cabe duda, más adelante, cuando sea más gran­de, más asonado. Gurí hombre. Medina. Y vuelve a oír la voz del sueño: "Soy el Kaingang, el Intangible, peregrino nuevo del camino viejo".)
-Arriba, Gurí, no te quedes mirando los cuadros tanto tiempo. Te vas a meter en ellos si no.
Regresábamos a la casa de Juan.
Él hacía mate cocido en un jarrito de lata y le agregaba leche. Quiso enseñarme a embalsamar pájaros. Pero me acordé de que los pájaros deben gozarse en libertad. Lo decía. Juan se ponía colorado.
-De algo hay que vivir -contestaba.

Juan era incapaz de enojarse con nadie. Hasta se asustaba un poco si le gritaban.
Y cuando hacía mucho calor, repetía:
-Una heladera es lo que necesito, así no se me malogran las piezas sin preparar. No se puede trabajar tan rápido.
Apilaba los maniquíes de madera en un rincón de la mesa. El único lujo del taller era una tabla de már­mol que se había hecho enviar especialmente desde San Luis. Parecía un trozo rectangular de río conge­lado. En la superficie verde, quieta, las vetas ma­rrones eran como serpientes sorprendidas en el momen­to de hacer la contorsión. Alguna habría intentado huir hacia las profundidades y la eternidad inmovilizó el final de su cola flexible. Otra habrá deseado escapar en carrera zigzagueante y quedó paralizada como un trazo de líneas sinuosas. Sobre estas serpientes prisio­neras, Juan Sigmar apoyaba los cuerpos muertos de sus pájaros embalsamados. Serpientes y pájaros, cazador y presa en vida, compañeros en la muerte. Por encima de la mesa, sobre un estante adosado a la pared, los instrumentos de metal brillante se alineaban en un orden obsesivo, como soldados listos para presentar batalla.
Las cartas que enviaba Mafalda también eran de color verde. Un verde pálido como el que deben de te­ner los árboles en el norte de Italia, donde los invier­nos son largos, dicen, donde los Alpes soplan vientos fríos contra el aliento cálido que sube del Mar Mediterráneo, dicen. Eran como redomas esos sobres, henchidos de un suave hálito a limón que hacía extrañar con más inten­sidad la presencia de Mafalda. Sus cuadros habían merecido buena crítica. Pero ella echaba de menos las lluvias torrenciales, la vegetación exuberante. De­seaba oír el zumbido de los mosquitos; era la mejor música que hubiera conocido jamás. En cada una de las cartas hablaba del regreso, le recomendaba que estudiara, y a Juan, el cuidado de la casa.
Una vez, pero fue sólo una, escribió que en el trópico el tiempo no pasa pues no se nota el cambio de las estaciones. No se envejece en el trópico, escribía.
Comprobé que, cuando cerraba la verja al irnos, Juan se pasaba el brazo por la cara y comentaba que el perfume en la casa de Mafalda le daba picazón en los ojos.

-------------

El Gurí empezó a rechazar la acti­vidad de Juan. Imaginaba ver los pájaros embalsamados ensa­yando un canto inaudible por obra de las mismas manos que le preparaban la merienda y algo muy parecido al asco creció hasta ya no poder aceptarla.

Después de la fiebre

Algunos vecinos llegaron hasta la plaza. Paso a paso se cerraban sobre la iglesia.
La vieja, viendo que el Gringo no se detenía, re­trocedió un poco.
-¡Alto, Anticristo! -sacó de sus bolsillos negros y misteriosos una cruz y se la presentó al Gringo.
Nada.
El Gringo levantó la cara como si mirara al cielo. Había en él toda la paz que le faltaba a la Eduviges. El sol le daba de lleno y entonces pudimos ver esa cicatriz de arriba abajo, que iba por el medio desde el labio inferior al mentón.
-¡liiich! iMe va a matar! -gritó la vieja.
Nadie hubiera hecho nada si el Gringo no hubiese sacado el mimby del bolsillo. Nada más saber que tendrían que aguantarse esa música otra vez, los puso frenéticos a todos. El que no tuvo piedras a mano levantó un puñado de tierra.
El Gringo consiguió salvarse, su sombrero de cuero, no. Te lo guardé, Gurí, por si te interesaba.“
Nunca había visto un sombrero así. Trató de plan­charle las abolladuras empujándolas hacia afuera con el puño; imposible, porque la forma estaba endurecida por los mu­chos soles. Pero … a pesar de la temperatura, ni una mancha de transpi­ración había marcado el interior.
El Gurí se lo calzó. Cayó la noche sobre la cabe­cita oscura: el borde del sombrero se deslizó hasta bajo los ojos.
-Para lo que sirven las orejas. Mafalda -siguió Juan- dijo que era de salvajes lo que habían hecho. Lo que pasa es que a ella le gusta la música.
La señorita Mafalda esperAlgunos vecinos llegaron hasta la plaza. Paso a paso se cerraban sobre la iglesia.
La vieja, viendo que el Gringo no se detenía, re­trocedió un poco.
-¡Alto, Anticristo! -sacó de sus bolsillos negros y misteriosos una cruz y se la presentó al Gringo.
Nada.
El Gringo levantó la cara como si mirara al cielo. Había en él toda la paz que Ie faltaba a la Eduviges. EI sol Ie daba de lleno y entonces pudimos ver esa cicatriz de arriba abajo, que iba por el medio desde el labio inferior al mentón.
-¡liiich! iMe va a matar! -gritó la vieja.
Nadie hubiera hecho nada si el Gringo no hubiese sacado el mimby del bolsillo. Nada más saber que tendrían que aguantarse esa música otra vez, los puso frenéticos a todos. EI que no tuvo piedras a mano levantó un puñado de tierra.
El Gringo consiguió salvarse, su sombrero de cuero, no. Te lo guardé, Gurí, por si te interesaba.“
Nunca había visto un sombrero así. Trató de plan­charle las abolladuras empujándolas hacia afuera con el puño; imposible, porque la forma estaba endurecida por los mu­chos soles. Pero … a pesar de la temperatura, ni una mancha de transpi­ración había marcado el interior.
EI Gurí se lo calzó. Cayó la noche sobre la cabe­cita oscura: el borde del sombrero se deslizó hasta bajo los ojos.
-Para lo que sirven las orejas. Mafalda -siguió Juan- dijo que era de salvajes lo que habían hecho. Lo que pasa es que a ella Ie gusta la música.
La señorita Mafalda espero a la Eduviges un domingo y cuando la vieja salió de misa, le gritó: ¡Criminal! Después se fue despacio, por el medio de la plaza, alta bajo la sombrilla. La Eduviges se quedó chillando como una rata y yo me acordé de esos cuzquitos que ladran para molestar a los caballos y que sólo sobreviven porque el bruto no lo es tanto. La señorita Mafalda, antes de irse, me dejó la llave de la casa para que se la ventilara de vez en cuando. Hoy tendría que abrirla un poco -agregó.
Rechinó la reja.
Abrieron las ventanas y la Iuz desnudó fundas blan­cas que cubrían los muebles. Los espectros volaron perseguidos por las sombras netas que surgieron bajo las sillas, bajo la cama de bronce. El mosquitero soltó los sueños aprisionados entre sus mallas.
Juan abrió un ropero. Casi una flor más, brotó el aroma de Mafalda. Juan extendió dos sombrillas de encaje.
Medina fue al estudio. Una enredadera de flores rojas había avanzado sobre el marco de la ventana y las hojas proyectaban sombras en el piso. Parecían medallones de luz. Las paredes estaban tapizadas con su imagen: el Gurí a la carbonilla, al óleo, a la tempera, de perfil, de frente, su risa, el llanto que no le había conocido, el entu­siasmo de narrador. Nunca se había visto tantas veces ni tan distinto, y siempre él. ¿Cómo la mirada de Mafalda había sido capaz de descubrirle los repliegues del alma?
Cuando verse tantas veces le produjo vértigo, volvió a la otra habitación.
Encontró a Juan con la cabeza hundida entre los vestidos de la pintora. Aspiraba ruidosamente, como si estuviera por ahogarse. Siguió así, sin notar al Gurí. Una tabla del piso crujió.
Juan Sigmar se dio vuelta, avergonzado. Tenía los ojos enrojecidos:
-Me gusta la fragancia que tienen.
-El perfume de la señorita Mafalda -contestó el Gurí, por decir algo.
-Me gustan porque los usó ella.
¡Era tan fácil! Uno sentía el olor de cada persona y la conocía mucho mejor que si hablara con ella. -Está bien, Juan. Yo me voy a mirar los cuadros de nuevo.
Los suyos, entonces, habían quedado. Como si no los hubiera podido desprender de esta tierra, como si fueran raíces. Mejor así. El Gurí no podía separarse nunca de ese lugar ni de las vidas que lo poblaban.
Cuando estaban cerrando la reja, Juan agregó:
-Mafalda te dejó un recado. Dijo que siguieras estudiando.
Sin darme cuenta, reemplacé las visitas que hacía a la señorita Mafalda por escapadas a lo de Juan Sig­mar. Había tomado la costumbre de corregir mis tareas de la escuela, como lo había hecho ella. Muchas veces se me hacía difícil concentrarme, ya fuera por el calor o porque a mi mente siempre le gustó volar. Al verme distraído, Juan me decía:
-Vamos, Gurí: la casa de Mafalda necesita aire -y nos íbamos calle abajo para orearla.
Era una excusa. Nos separábamos al trasponer el umbral. Juan iba al ropero y metía la cabeza entre los vestidos colgados de perchas cubiertas por un relleno de estopa para proteger las prendas. Yo, al taller, a observar mis propios retratos. Por la ventana abierta entraba la luz neta de la tarde. Su intensidad parecía inmovilizar los objetos en un espacio más definido, los hacía brillantes.
Ángulos y colores penetraban el aire como si qui­sieran romper sus propios volúmenes. Se colaba el perfume de los árboles de kiri. Higueras de la India, también les dicen, plantadas por manos nostálgicas en un clima que sólo logra multiplicarles la profusión de hojas triangulares. Las ramas se ahogan en esta geometría enloquecida. Los pequeños frutos se esfuerzan vanamente por madurar. Y en el calor de la siesta exudan una fragancia pesada más cercana a la muerte que a la seducción.
Ver mis propios retratos era ver mi cara futura. ¿Cuál, la que Mafalda señalaba?

                                      

Margay: es un gatito predominantemente arborícola y nocturno, con ojos grandes, que aún vive en nuestras selvas y es muy difícil de ver. Foto tomada por la autora en un zoológico privado de Misiones.
“Serpientes y pájaros, cazador y presa en vida, compañeros en la muerte”.
La voz resonó en el sueño del Gurí Medina y él despertó de un salto. Recordó el mármol en el taller de Juan Signar y también recordó la anécdota que le había contado una tarde que volvían de la casa de Mafalda.
Ellos, los tramperos que la habían cazado, estaban enardecidos por el vino del asado y por el encono del animal. Habían apalabrado la serpiente al director de un zoológico y no se iban a dejar ganar por una bestia incapaz de pensar.
El cuero se le arruga en pliegues espesos cuando la apuran con estacas. Silba, enojada, y se retuerce y ondula sobre sí misma como una bandera de escamas triangulares. La obligan con palos y con redes den­tro de su cárcel de madera. Suben todo, prisionera y celda, a un camioncito que la lleva, a los tumbos, sobre la ruta de polvo colorado.
La serpiente se acomoda a la semioscuridad, enrollando el cuerpo flexible en una espiral de tejidos poco menos tibios que los humanos. Parece un juego de cotillón antes de la fiesta. Su pobre cere­bro apenas alcanza para lo elemental, hace un esfuerzo inmenso tratando de apreciar esta situación. Trata de recorrer la caja con la lengua, tentando una tabla y otra; primero con pequeños pun­teos, luego más confiada. Descubre huecos que dejan pasar la lengua. Cada vez más alta su cabeza, cada vez mayor el recorrido en busca del aire, del olor que la oriente, mientras el traqueteo del camino de tierra la golpea y sacude de un lado para el otro haciéndole difícil mantenerse sobre la base de sus anillos. Hasta que por fin percibe un rayito de luz más fuerte. Su mirada se expande. Los ojos de la serpiente, redondos y sin pár­pados, están hechos para medir la redondez del suelo.
Asoma la cabeza, cuenta el que la había cazado, entre dos tablas, la mete como una cuña, a presión, comprimiéndose para poder deslizar los treinta kilos por el intersticio. Ahí está, como una cuerda, pujando por pasar a través de las dos tablas.
El cazador no contó el hecho exactamente así, fue mucho más escueto. Pero los matices estaban escondi­dos en el relato, igual a las distintas imágenes que el viento dibuja con las nubes. Y, más tarde, el Gurí recordará la anécdota como si todos esos detalles tácitos le hubieran sido revelados. Contaron, finalmente, que el camioncito había dado un barquinazo –era lo que suponían porque nadie estaba dentro de la caja para haberlo visto- y que la jaula improvisada pegó contra un costado. Un golpe seco desnucó a la serpiente aún luchando por salir. Las dos tablas se cerra­ron sobre el cuello del reptil como fauces de madera.
Dijo el camionero que recién la encontraron prácticamente partida en dos cuando llegaron a la estación de tren donde iban a embarcarla para la capital. La cabeza estaba apoyada sobre las tablas, como si durmiera so­bre su propia trampa, y, más abajo, el cuerpo era una cascada de escamas opacas.
-Pucha que nos arruinó la fiesta -se quejó el hombre-. Nunca más agarramos una así de grande.
La botaron. Ni siquiera el abrazo de la tierra. La botaron a un barranco, que se pudriera al sol por ase­sina, y por desobediente al querer escaparse, dijeron.

Ramón

Son las penúltimas vacaciones de invierno para Ramón. Se pregunta cómo hizo en la capital, mientras estudiaba, para aguantar el extra­ñamiento, las ganas de tomar mate a la sombra de los árboles. Pero ya falta poco. Con cada mojón que logre entrever a pesar de la niebla -el campo se abriga para dormir, pensará a la noche- el peso de la separación se hará más liviano. También tiene ganas de ver a Juan, que antes embalsamaba animales porque se los pedían de las escuelas 0 de los museos. Él había llegado al pueblo como veterinario recién recibido. Pronto comprobó que ejercer su profesión no alcanzaba para subsistir: era incapaz de reclamar el pago de sus honorarios. Bastaba que alguien levantara la voz un poco más de lo normal para que su valor, mi­nuciosamente convocado, se derrumbara sobre sí mis­mo. Le resultaba mucho más fácil manejarse con los trabajos de taxidermia. Todo se tramitaba por correo: los pedidos, los giros, las piezas terminadas. No tenía necesidad de ver una sola cara, de oír una sola voz alzándose en exigencias que él era incapaz de enfren­tar. Apenas trataba con los proveedores, hombres sur­gidos de la selva para traficar con su mercadería y con los que no osaba siquiera discutir la cantidad o forma de pago.
Se hicieron amigos cuando Mbiguá se lastimó la pata, peleando. Juan la curó con tanto cuidado que el perro ni mosqueó. Después le ofreció a él una taza de mate cocido.
- Para quitarte la cara de susto -le dijo.
Alguna vez le explicó cómo se embalsamaba.
- Primero tenés que matarlos, catire -se rió sin motivo.
Ramón sólo pudo imaginar la muerte que sufrían las gallinas a manos de su abuela: un lento desan­grarse en medio de convulsiones.
¿Era lento para ellas? Nunca antes se lo había planteado: no valían lo mismo veinte minutos en una vida de setenta años que veinte minutos en una vida de tres. No era lento para las gallinas. Cada animal debía tener su propia vara, de acuerdo con el lapso de existencia.
¿Cómo verían la muerte? (Pero esto lo pensaría a bordo del ómnibus, en el momento de recordar, y el pensamiento nuevo se superpondría al pasado hasta hacer, de los dos tiempos, uno.)
Una figurita oscura se les planta en la retina. La imagen crece, semeja un hombre. Pero el hombre está en otra parte, a sus espaldas o a un costado, soste­niendo el instrumento de ejecución y esa otra imagen viene por un camino ignoto, cunde, como si el viento o la noche la agigantaran. Eso ha de ser: semilla de noche que germina y se alimenta de su sangre derra­mada, gota a gota, sobre el suelo. Ya no es figura, es un manchón inmenso, nube. De a poco, como si tam­bién se comiera el paisaje que abarca la mirada del animal moribundo, lo engulle. No queda más que esa mancha negra en el ojo abierto, huérfano de imágenes.
-Y entonces, cortas aquí y aquí -la voz de Juan lo despertó de la ensoñación-. Así, catire, ¿ves?
Insistía para que él viera, que no le quedaran dudas de cómo había que hacer para quitar hasta la ultima gotita de sangre. Porque si no, se pudre todo, dijo.
La casa de Juan era cuadrada, de cemento, cons­truida directamente sobre la tierra porque el suelo en las afueras del pueblo era parejo. La habían plantado en medio de un terreno cercado. Ni un mísero yuyo crecía sobre la superficie lisa como tosca. Al llover, atravesarla era el premio al equilibrio. En la parte de atrás de la casa habían adosado una piecita de madera y chapa que era el taller de taxidermia. Tenía una mesa con tapa de mármol (único lujo de todo el mobi­liario) bajo la ventana. Y dispuestos sobre la tapa de mármol -en un orden casi obsesivo-, bisturíes, cepi­llos, tijeras de punta roma, pinzas de disección, pin­celes, hojas de afeitar. Sobre los estantes que cubrían las paredes se encontraban frascos de todo tamaño y color. Cobijaban monitos blancos que ya no podrían mondar la base de la hoja del caraguatá, fetos de tapir, perdida la oportunidad de meterse en el río, alguna coral recién nacida, ignorante del poder quebrado en sus colmillos. Inocente coral, enroscada en una torsión que tampoco ella buscara.
Juan había estado trabajando sobre un colibrí y el pájaro yacía acostado panza arriba. Un corte desde la mitad del esternón hacia abajo exponía las pequeñas vísceras. Tenía el plumaje cubierto con un polvo blanco.
-Es fécula de maíz para secarle las plumas. Se las deja brillantes y esponjosas.
Juan tomó un pincel de pelos largos y peinó dulce­mente al pájaro. Una nubecita clara se levantó del cuerpo y después las plumas brillaron como si todavía palpitara el corazón.
Sin quererlo, también cepilló algo de aserrín que había espolvoreado al separar parte del esqueleto.
-Hay que quitarle las vísceras y los huesos; el ase­rrín es para que no se vuelva a humedecer de afuera.
-¿No te dan lástima?
-Si los pájaros supieran, me lo agradecerían. Por mí ya no pasan hambre, ni tienen que pelearse por hembra o territorio. No sufrirán vejez. Siempre jóvenes, la muerte no los va a deteriorar. Acabé con el sufrimiento y la decrepitud, Ramón. El que se les acerque, lo hará con respeto, porque nada asusta tanto como saber que algo o alguien no cambiara. Es lo más parecido a la inmortalidad. Y se la doy yo.
Le sonrió como disculpándose.
-Ahora viene algo feo. Es mejor que salgas. Enseguida estoy listo. Después te voy a mostrar otra cosa más.
Hasta ese momento Ramoncito había callado. Pero ahora gritó:
-No quiero. ¡Me dan asco, me dan lástima!
Tuvo una arcada. Corrió hacia afuera. Juan lo siguió unos pasos.

-A veces me recuerdas a Medina. Él ya estaba en Tres Fronteras cuando ustedes vivían en el campo. Ahora estudia, se fue al sur. Tampoco le gustaban las piezas. Algún día le vas a conocer.
Juan sacó una lata de leche en polvo. Mezcló unas cucharadas con agua tibia, después le agrega más.
-No quiero leche -se defendía Ramoncito. Era demasiado grande para esas cosas.
-No es para vos. Te tengo una sorpresa. Andá afuera y llamálo al Toto.
-¿Quién es Toto?
-Ahh ...
El veterinario llenó una mamadera con la leche preparada y, ya en el terreno, empezó a llamar a Toto. Desde atrás del galpón se acercó, bamboleándose, un osito hormiguero. Parecía usar pañales invisibles que le impedían caminar con desenvoltura.
-Venga, Toto, venga. Es la hora de comer – lo animó suavemente.
Le rascó un poco la cabeza y dejó que el osito ade­lantara las zarpas.
-Tome, m'hijo, sírvase -le alcanzó la botella. El cachorro se aferró a ella y empezó a chupar como si fuera la última vez.
Estas imágenes son las que vibran aún en el re­cuerdo de Ramón cuando en la plataforma de la Terminal, suena la voz del altoparlante anunciando la partida del ómnibus. Es cierto, quisiera verlo al Toto, un oso hormiguero hecho y derecho sin duda. Le gustaría que Juan fuera, nada más, veterinario. También le gustaría que Juan tuviera amigos. O algunos más. Y una casa sin animalitos muertos ni mesadas de mármol. Lo desea con tanta fuerza que está convencido de encontrar los cambios imaginados.

Toto

Desde que había iniciado el viaje de regreso en la Terminal de Retiro, Ramón pensaba en dos cosas: la cara de la abuela cuando viera su diploma de secundario, y Toto.
Frenaron.
El motor calló con un suspiro. Bajó. Nadie lo esperaba. Dejó el equipaje en la Terminal y fue a lo de Juan.
El pueblo -igual a un gran rebaño- dormitaba a la hora de la siesta. Como siempre, como lo había hecho él, tres chiquilines cuchicheaban bajo un árbol de kiri.
La casa de Juan tampoco había cambiado. Era el mismo cubo de cemento de siempre, sólo que un poco más chico de lo que él recordaba. ¿Cómo sería encontrar a Juan, piadoso con los animales enfermos e implacable con los sanos?
Empujó la puerta de calle. El osito hormiguero ya no lo conocería y sus zarpas podrían marcarle la espalda para siempre. Si hasta el yaguareté temía a los de su especie.
-Toto -susurró-. Toto.
Esperó verlo aparecer con su andar pesado, un poco bamboleante. Pero no.
Golpeó las manos. Tuvo que hacerlo varias veces antes de que algo se moviera en el interior de la casa.
Por fin, Juan, semidormido, el pelo revuelto, abrió la puerta. Estuvieron abrazados un rato, golpeándose los flancos, sin saber qué decirse.
El abrazo fraternal le devolvió a Ramón un hombre tan frágil, tan escaso de peso y volumen como los mismos pájaros que solía embalsamar. El sol había ido quemando una franja de cuello y ahí donde la camiseta cedió te­rreno por la tensión del abrazo, vio de cerca las líneas reticuladas de los poros.
Juan lo tomó de los hombros, lo apartó un poco para medirlo de arriba abajo. Meneó la cabeza, satis­fecho como quien admira su propia obra recién ter­minada.
-Has crecido.
- ¿Y Toto?
- Y Toto -repitió Juan rascándose la barba de varios días-. Y el Toto. Es de no creer lo que pasó. Mientras te hago un mate cocido, te cuento.

La partida de Toto

Lo estaba criando, ¿recuerdas? Me habían en­cargado un oso hormiguero de no más de un metro de altura para poder venderlo. Ya estaba cerca, le faltarían unos centímetros apenas. Lo sé porque lo medía cada tanto, no fuera a ser que me pasara y lo rechazaran por muy grande. Una tarde escuché el sonido de una flauta, del mimby. Me recordaba algo, después supe qué. La había oído una sola vez antes, el último día que vimos al Gringo y que casi lo apedrean frente a la iglesia para que dejara de tocar. Esa tarde la música parecía venir del otro lado del cerco, pero no había nadie. Al mismo tiempo oí ruidos desde el fondo del terreno. Yo al Toto lo tenía en una jaula, con candado y todo. No sé si se soltó él o si me habré olvidado de encerrarlo, pero el Toto venía caminando por el medio del patio, hacia la calle. Traté de pararlo. Y él, que siempre acercaba la cabeza para que se la rascara, me tiró un zarpazo. Parecía otro. Cambiado. Por más que lo llamé, siguió avanzando. Hasta la mi­rada era distinta, otra, no me miraba como siempre. No me animé a moverme porque se lo veía rabioso. El Toto salió al camino. No pude seguirlo. Algo me clavó en el suelo. Él estaba como en medio de esa música que se alejó con él.
Esa noche y otras más tuve pesadillas. Soñé con un cacique, con el Kaingang y su tembetá y mis pájaros embal­samados iban volando detrás de él. Y el Toto que se mi tiraba encima. Enterré a todos los pájaros preparados. Y dejé de comprárselos a los camio­neros que me los traían muertos. Atropellados sin querer, me decían.
Yo aquella tarde supe algo, pero lo supe igual que si me lo hubieran dicho.

                                        

Medina

la desconfianza del Toto. En un momento yo fui su ene­migo, el yaguareté, y no me iba a perdonar la vida. Había dejado de creer en mí.
Me dolió, Gurí. Te juro que me dolió. ¡Él había sido tan inocente hasta esa tarde!
Desde entonces trabajo no más como veterinario. A lo mejor ponemos una tintorería con Mafalda Querciola, la pintora, cuando vuelva.
- ¿Te escribió?
- No, pero si vuelve …

El Guassú arquea su poderoso lomo bermellón. Llama con voces ocultas. A lo lejos el rugido de las cataratas es interminable.
Las aguas golpean contra la costa del pequeño barranco, como una flor de irupé al abrir y cerrar sus pétalos. Ramón se hunde con lentitud en el agua. Cree adi­vinar a la madre surgida de la selva en el líquido un poco fresco, envolvente. Láminas de plata le recorren la espalda.
La selva entera parece haberse ocultado en el cauce para abrazarlo con su ronda. Y es el canto retorcido de las cigarras y es una corzuela brincando y es la do­rada lluvia de flores de caña fístola. Y un lento tucán ahíto de frutas. Y es el ybajaí con su agria frescura. Todo lo contiene el río y lo hace suyo. El cuerpo de Ramón, al mojarse, se mezcla con el olor acre de un gato onza y con el crujido del guatambú y del petiribí, con el vuelo incierto de una hoja seca. El Guassú le da a Ramón lo que él no tiene, vuelve a engendrarlo como un padre generoso. Nada le falta ya.
Éste es su lugar. No hay ningún otro que pueda con­tenerlo mejor.
-Me quedo -dijo al regresar a casa de la abuela. Ella aceptó. Apenas esbozó una duda cuando dijo: -¿De qué vivirás?
-Seguro que en el parque hay trabajo. Tienen máquinas. Casi terminé el industrial. Puedo ofrecerme ahí.
Resultó correcto. También hacía falta gente joven y voluntariosa, comentó Medina, el jefe. Gente joven, había dicho y él sólo contaba doce a quince años más que Ramón. La piel oscura y tensa sobre los pómulos altos denunciaba un lejano antepasado indígena. Era un excelente baqueano Medina, y de tanto escudriñar el suelo en busca de huellas, una fina red de arrugas había tejido su telaraña clara alrededor de los párpados. Con el tiempo, Ramón aprendería que la mirada dura se le ablandaba a la vista de un tamanduá (oso hormiguero) go­loso -torpe buscador de hormigas- o de un yerutí (colibrí), único ser que es flor y es pájaro a fuerza de volar entre las corolas y el cielo. En los raros momentos de expansión, a Medina le gustaba contemplar el río. Lo tranquilizaba con su gorgoteo monótono y su apa­rente mansedumbre. Era como si la tierra se hubiese hecho líquido y retozara al sol. El basalto de sus pu­pilas se tornaba azabache y una lucecita diminuta le bailoteaba con el cabrilleo del agua.
Le estaban avasallando el parque, dijo una vez, y no tenía suficientes hombres para cuidarlo. Pero se detuvo ante la inutilidad de la protesta. Siempre calla, porque ha aprendido que las palabras sólo sirven para determinar los límites entre la nada y las cosas. Para explicar, no para solucionar los hechos.
-Venga -le ordenó otro día-. Vamos a ver un barrero (1). A lo mejor encontramos algo interesante.

(1) Nombre local que recibe un espacio de suelo barroso pisoteado por animales silvestres, generalmente atraídos por un cebo o en busca de agua.

El sobrado

Con el jeep recorrieron una picada [1] que Ramón veía por vez primera. La vegetación se fue espesando. Una multitud de huellas partidas en dos, como las mitades de un poroto, cortaba el camino al sesgo en un alboroto de bermellones.
Medina bajó del vehículo.
-Venían tranquilos los pecaríes -comentó en cu­clillas, observando las pisadas-. Algo los hizo salir corriendo. Un disparo seguramente.
Señaló el lugar donde el tropel volvía a entrar a la selva, por el lado opuesto del camino. Con la es­tampida habían abierto un túnel en el sotobosque. Las ramas rotas de los helechos indicaban la dirección.
-Creo que algo pasó en el barrero [2], anoche. Luna nueva. Justo para cazadores furtivos.
Medina se puso tenso. Las venas del cuello sobresalieron como cuerdas de plata sobre la piel cobriza. Apretó las mandíbulas y el acelerador del jeep al mismo tiempo.
Frenó sin causa aparente. Bajó del vehículo. La calma del mediodía, densa, le aplastó la espalda mientras estudiaba la roja tierra. El cielo era de un azul deslumbrante sobre las copas de los árboles inmóviles y como de cartón.
- Sí, anoche estuvieron -corrió el seguro de la pistola.
Ramón se sintió indefenso, tonto. Me­dina lo notó. Trató de tranquilizarlo.
-No va a pasar nada. Pero cualquier cosa, tírese bien pegado al suelo.
Ramón se sintió peor.
Sigilosamente penetraron la espesura por la ban­quina en pos de un rastro invisible a ojos menos en­trenados. Pisaban sin hacer ruido, como reptiles bajo la hierba. El techo de hojas estrechó filas sobre sus cabezas y a pocos metros la luz del sol había disminuido considerablemente. Como siempre que alguien invade el territorio de sus criaturas, la selva contuvo el aliento. Nada se movió por un rato. Luego, cuando supo que los extraños no eran enemigos, los asimiló a su dominio. Temblaron las hojas, el yaguareté se des­perezó en su guarida, un tucán levantó vuelo pesada­mente.
Llegaron a un grueso tronco tumbado. Ahora Me­dina habló en voz alta:
- Ya no hay nadie.
El árbol caído estaba apoyado en las gruesas ramas bajas de un alecrín al que tapaba con su copa tupida. Era un cómodo puente hacia el escondite. Medina lo señaló, arriba:
-Ahí esta el sobrado [3], en lo alto del alecrín. Desde ahí dispara el cazador.
Cerca de la base, un lapacho joven oficiaba de percha de la que los cazadores al acecho solían colgar la bolsa con sal o con restos salados para atraer a las presas.
De tanto lamer el piso en procura del mineral, los animales habían excavado un hoyo profundo que ame­nazaba la estabilidad del lapacho.
El hombre evaluó las huellas triangulares.
-Es una corzuela. Brincó al oír el disparo.
Casi puede verla. Medina ya es la corzuela.

El viento le trae al hocico vestigios de un olor: el enemigo pudo haber fumado o una bebida empañó su aliento.
Hay un clic casi imperceptible cuando el cazador enciende su linterna. Al acecho, dirige el haz luminoso hacia arriba. En segundos, lo bajará -certero golpe de luz- para cegar a la presa. Ese será el mo­mento del disparo, del fogonazo.


[1] Picada: sendero muy estrecho que se hace en la selva con la ayuda de un machete. Localmente también se lo llama “piquecito indio”.
[2] Expresión local: indica el lugar donde se ha formado barro.
[3] Señala la plataforma oculta construida en lo alto para acechar a las presas sin ser visto.

Nota: la sal (y especialmente en la selva) es un mineral muy escaso en la naturaleza por lo que los cazadores furtivos la utilizan como cebo. Valga como anécdota que, durante las caminatas de investigación, las mariposas se posaban sobre la piel húmeda atraídas por la sal que contiene.

                            

Trampa utilizada por los cazadores furtivos. A la izquierda se ve el primer eslabón de una cadena con la que se sujeta la trampa al tronco de un árbol para que la presa no pueda huir. Si el cazador no viene "en su auxilio" pronto, la presa es atacada por otras fieras sin poder defenderse o puede morir lentamente, desangrada.
Archivo personal de la autora.


Corzuela

Mas el reflejo de la luz contra el techo de hojas se expande como una niebla y es un relámpago para las pupilas atentas dilatadas por la oscuridad.
Es la alarma.
En segundos, en fracciones de segundos, el anima­lito se encoge un poco a la vez que voltea la cabeza hacia el olor o el reflejo. Y al mismo tiempo salta en otra dirección, lejos del ten­tador pozo salado. La luz de la linterna lo sigue, zigza­gueante. Errada, lo busca y detrás, antes de hallarlo, vendrá el fogonazo del mal disparo.
Medina sigue la huella, certero. Toma la dirección de la corzuela, de la luz, de la bala.
¿Qué busca en tierra, alterada la respiración? ¿Qué busca?
El final de la historia.
Al cabo de un rato, cuando Ramón ya ni siquiera oye el crujido de los helechos porque esta distraído y porque las cigarras han sido las últimas en recuperar la confianza y la voz, vuelve Medina. Parece más con­tento, los rasgos se le aclaran hasta mostrar cuán joven es realmente.
-Sangre. Falta la sangre. Por esta vez, mi anima­lito se salvó.
Aún examina un poco los troncos a la altura donde debería de haberse incrustado la bala. Desiste. Conti­nuó, sin duda, su camino de fuego fatuo, tronchando hojas, ramas, otras vidas minúsculas, hasta perder im­pulso.
-Sería demasiado bueno encontrarla. Hay que con­formarse, no puedo pedir tanto.
Vuelve a observar el terreno bajo el alecrín. Apenas murmura, señalando el piso:
-Ahí esta la huella. A éste lo conozco desde hace bastante. Y él a mí.
Es una huella humana, el dedo gordo notoriamente separado de los otros cuatro.
- Nos estamos buscando –insiste Medina-. Y algún día nos vamos a cruzar.
Vuelven al jeep, que ha quedado a pleno sol y que hierve en cada centímetro cuadrado de su carrocería. Medina habla y sus palabras son sólo la continuación de un pensamiento originado minutos atrás, antes de poner la primera y arrancar.
-Es como prestado todo esto. Mire los árboles. Ya estaban aquí antes de que usted o yo o hasta nuestros padres nacieran. ¿Y cuánto puede tar­dar un guapo-í en cubrir a su prisionero? ¿Cincuenta años? Ya está. Ahí tiene la edad de su padre. Nosotros venimos a este lugar y los árboles, los cursos de los arroyos, ya estaban o se habían formado mucho antes de nuestra llegada. Nacemos, somos felices, puede que no, tenemos hijos, morimos y ellos siguen en este mismo lugar y seguirán por muchos años más hasta que se quiebren de viejos o un viento fuerte los voltee. Óigalos crujir: son como puertas que se abren solas. Todos los árboles deberían morir en esta ley. Pero ter­minan como sillas o mesas. O como ataúdes. A veces, años de lluvia y minerales y soles sacrificados para contener podredumbre.
Golpea el volante
-Ellos no nos necesitan -Medina casi hablaba para sí-. Van a seguir su ciclo con o sin testigos humanos. Su tiempo es diferente del nuestro. Ojalá los hombres pudiéramos vivir así, dejando vivir a lo que nos rodea.
                                                                            ------------
Medina había tenido una sola vez perro propio. Se llamaba Pilincho y lo compartió con sus hermanos. Pero en cuanto se independizó, dejó de tener esta compañía cuadrúpeda. No podía ver nada domesticado: ni bestia ni hombre. Por eso, ninguno de los cachorros que le ofrecían le venía bien.

                                   

Pilincho

Hasta que apareció uno, el último en una jauría de perros abandonados cuyo destino era recorrer las calles de Tres Fronteras buscando paliar el hambre. La jauría en su conjunto era semejante al grupo de solte­ros juerguistas de todo pueblo.
Este perro era como un lobo de ojos celestes. El pelo tupido había cobrado el tono rojizo de la tierra.
-Lo abandonaron unos turistas que venían en auto porque no pudieron hacerlo pasar la aduana. Les pedían impuestos o papeles. Lo dejaron aquí.
Medina chasqueó los dedos.
El perro lo miró fijo, las orejas tiesas, mientras sus compañeros se perdían en la distancia, ladrando a más no poder. Medina lo llamó con un silbo, pero él seguía como clavado en su lugar. Le habló, con el mismo resultado. Finalmente el hombre decidió regresar a su casa.
Después de pocas cuadras, se dio vuelta y vio que el perro lo seguía a metros de distancia. Si se detenía, el animal también. Avanzaba y el perro hacía lo mismo. Todo el recorrido a lo largo de la avenida Tres Fronte­ras, por la calle del Iberá, fue así, hasta llegar a destino.
Medina cargó una tapa de latón con guiso carrero que había sobrado y la puso en el terreno, a los fondos, junto con un balde lleno de agua. Cuando él desapareció, el perro se acercó sigilosamente a devorar la comida. Por unos cuantos días ocurrió lo mismo: el perro sólo rondaba la casa. Al advertir la comida, se acercaba. Medina fue quedándose afuera y a la vista, mientras el animal corría. Cuando quiso tocarlo, gruñó. Le dio un papirotazo en el hocico. Desde entonces pudo sobarlo un poco.
Pilincho atraía las garrapatas que lo amaban sin desmayo. Medina se las fue sacando una a una, para prevenir las reacciones violentas. Esfuerzo vano: sa­caba una y se le prendían cinco.
Otra vez lo bañó. El pelaje tostado oscuro recobró su coloración blanca, de puntas grisáceas. Se reveló como un hermoso animal de nieve, con las patas largas y fuertes, el pecho alto y las orejas siempre atentas.
Aun cuando Medina se ausentara por varios días en una inspección, a su regreso encontraba al Pilincho. Para no crearle una dependencia que a la larga resultara perjudicial, no le dejaba comida. Alguna vez, podría no regresar.
Ocasionalmente, cuando los efluvios de la especie reclamaban su concurrencia para perpetuarla, el perro no le escamoteaba el cuerpo a la obligación.
Cierta noche Medina oyó, como formando parte del sueño, los ladridos de la jauría vaga­bunda. A la otra semana, Pilincho había desaparecido. Volvió tres días más tarde, sucio y maltrecho, la cola encogida, caminando lentamente sobre cuatro patas que se doblaban a cada paso. Se arrastró hasta en­contrar un lugar de sombra permanente bajo la ven­tana del dormitorio y ahí se echó a dormir, todo un día con su noche. No hubo zamarreo que lo terminara de despertar. Cuando pudo recuperar sus desperdigadas fuerzas, devoró lo que estuvo a su alcance: carne, polenta, arroz. Enseguida se le irguieron las orejas y su lengua volvió a colgar al aire.
Pilincho tenía una vergüenza inconfesable: el temor a las tormentas. Aullaba y gemía con los truenos o los relámpagos, y la atmósfera electrizada que precedía a las descargas de las nubes ya lo ponían en guardia para las horas de malestar que le esperaban.
Fue al amanecer siguiente del día en que descubrieron el sobrado, durante una de esas borrascas que parecen arrear el cielo hacia la tierra, que Medina creyó oír el escándalo de la jauría que ya una vez había arrastrado al Pilincho de parranda.
"Vaya, m'hijo, vaya a sembrar simiente por ahí. Y que le aproveche", pensó Medina semidormido. Pero enseguida oyó un trueno. Hubo un aullido que pudo ser humano. Recordó el terror del perro. Ya completa­mente despierto, atendió a los ladridos roncos. Medina saltó de la cama así como estaba y tomó el revólver.
Salió al patio.
Alcanzó a ver, como en un juego de sombras, que el perro luchaba con alguien. Saltaba al cuello del desconocido. Medina apuntó guiándose más por el oído que por la vista y disparó un par de veces. El otro pudo huir pero el perro se quedó en su lugar, las patas clavadas como estacas en el piso.
Lo llamó, sin resultado.
Se acercó a él. Cuando estuvo lo bastante próximo, vio que el perro sacudía la cabeza de lado a lado, como queriendo liberarse de algo. Medina lo tomó de la pe­lambre y lo arrastró hasta la casa. Mientras buscaba una vela y los fósforos, sentía a su lado los espasmos del animal por liberarse de eso que le molestaba. Hizo luz.

Ataque

El Pilincho tenía un tajo en el costado, pero lo malo eran esos ronquidos. Los flancos se agitaban por la falta de aire. Medina trató de abrirle las fauces. Un brillo desesperado viboreó en el fondo de las pupilas celestes. Ya casi no había tiempo. El hom­bre cargó al perro en el jeep y lo llevó hasta lo de Juan Sigmar.
Los faros iluminaron el galponcito de taxidermia y Medina no pudo evitar la imagen del Pilincho embal­samado. Tocó bocina varias veces para superar el ruido de la tormenta, pero no hubo reacción. Entonces llevó en brazos el pesado fardo que ahora era el perro y cruzó el patio patinando sobre el légamo pegajoso hasta la puerta de entrada.
Pateó la puerta. Adentro se encendió una luz.
-Juan, se me muere el Pilincho.
Lo acostaron sobre una mesa. Seguía boqueando y tenía los ojos vidriosos. Con apenas una gotita de éter, Juan logró abrirle las mandíbulas sin encontrar resistencia.
El taxidermista, con una delicadeza inesperada para el caso, metió la mano en la boca del perro, tratando de no ahogarlo.
-Aquí, aquí hay algo -musitó, concentrándose en alcanzar lo que, por el esfuerzo evidente, estaba muy en el fondo de la garganta.
- Lo tengo -y empezó a extraerlo.
El perro, medio atontado, dio un gran suspiro. Pareció absorber todo el oxígeno de la habitación.
Acercaron a la luz del farol lo que había obstruido la garganta.
Era un dedo humano. El índice de la izquierda, arrancado de una dentellada brutal que lo había enco­gido un poco, se curvaba como un signo de interrogación sobre la identidad de su dueño.
El Pilincho seguía tirado sobre un costado. Los con­templaba al sesgo, los ojos bien abiertos, la lengua afuera. Una gran calma lo había invadido después de la doble lucha contra el hombre y la muerte. Recién entonces Juan notó la herida de cuchillo. La desinfectó, cortó el pelo circundante. El perro dejaba hacer. Lo vendaron para que las mos­cas no se cebaran.
Ya la noche casi había huido. Medina se estremeció.
Juan le alcanzó una manta. Puso agua a calentar. Preparó el mate. Medina contempló la perfecta espiral de yerba. Del centro surgía la misma bombilla que recordaba haber visto hacía mucho tiempo, cuando Mafalda estaba afuera y ellos iban a venti­lar la casa clausurada.
El veterinario respetó su silencio. Conocía lo bas­tante al Gurí como para saber que sus palabras subían lentamente desde las napas más hondas. Si tardaba en pronunciarlas era porque buscaba seguridad en los conceptos. Parecía un ídolo o un cacique, envuelto en su man­ta y con los ojos amarillos refulgiendo en el gris amanecer.
Como si Juan se lo hubiera preguntado, dijo:
- Ya se quién fue.
El Pilincho, dormido, seguía acezando a los pies de su amo.


Hubo una tarde un poco menos tórrida que de costumbre. La picada paralela al río había sido destruida por la gran inundación y era imposible seguir en jeep. Ramón y el Gurí Medina siguieron a pie por el médano que había borrado el camino viejo. Las hojas lanceoladas del pajonal les llegaban a los sobacos. El runrún de la vegetación contra sus ropas era como el vaivén acompasado de las olas en la tosca. Las cigarras parecían perpetuamente empeñadas en su canto. Pero en medio de su fanfarria, Medina percibió un cambio, como si se aplacaran. Luego hubo un silencio absoluto, especie de marea verde que tapó todos los otros sonidos de la selva: el tijeretazo de las chiripepé, el palmoteo del río, el chirrido de un colibrí. Arriba crujió una rama. Después, muy lejos o muy débil, hubo algo así como un gruñido, también una leve agitación que podía ser de hojas o telas al rasgarse. Los dos hombres avanzaron a lo largo de la costa del río en fila india aprovechando el viento a su favor. El Gurí atisbó entre las ramas de la orilla hacia el otro lado del cauce.
Vio, enfrente, un bote de remo. Un hombre pescaba. Tenía vendada la mano izquierda.

Venado

Le pasó los binoculares a Ramón. Consiguió enfo­car, bajo el ala rota del sombrero de paja, una boca de labios muy gruesos, entreabierta. Le vio algunos dientes partidos, otros picados. El mentón, cubierto por una barba negra de varios días, parecía prolongarse cuello abajo y perderse en una camisa a cuadros, sucia y deshilachada. No era viejo.
Alcanzó a ver aún, en el fondo del bote, un madero grueso y el extremo de un cabo.
-¡Cubrite! -ordenó Medina. Los dos se echaron boca abajo.
Oyeron, de inmediato, un tropel sordo. Luego el caer de un cuerpo al agua, después otro y casi ense­guida, un tercero.
Tres cabezas, un venado a la punta, dos perros detrás. De vez en cuando un ladrido, pero los animales ahorraban fuerzas para perseguir a su víctima.
Medina sintió la tibieza de la tierra a través de la ropa. Apenas un momento antes, el sol había estado calentando ese pedacito de suelo. Aun sabiendo de su propia sangre el latido que percibía, prefirió creer que la tierra pulsaba bajo su ombligo y, fugazmente, le agradó imaginarse alimentado por ella.
Había otras criaturas –ellas sí- a punto de bene­ficiarse con el evento inesperado: los mosquitos. Zumbaron, indecisos por la gula, alrededor del cue­llo y las orejas de los dos hombres. Ambos exhalaban un apetitoso olor a juventud que prolongaría sus propias pequeñas vidas. Apenas se apoyaban en la piel, creía percibir un lugar mejor un poco más lejos, por lo que volvían a levantar vuelo sin clavar el aguijón. Vampiros alados, si no chocaron en el aire fue milagro. La sed y el vaho, intensificado por el calor y la adrenalina que despedían esos dos cuerpos, hicieron que los mosquitos se pre­cipitaran sobre las víctimas inmóviles.
Medina apuntó a una de las dos cabezas que seguían a la primera. Se afirmó un poco en los codos. Sos­tuvo la pistola con las dos manos para no fallar. Disparó.
Los escasos ruidos que aún persistían a esa hora, quedaron en suspenso. Luego hubo un revoloteo de pájaros, algunos chillaron, levantó vuelo un caraco­lero, un anó chico abandonó su rama, asustado.
El hombre del bote, que ni se había movido al lanzarse los tres animales al agua, bruscamente levantó algo escondido detrás de su asiento: una escopeta de caño recortado.
En el río, los dos animales seguían nadando. El ve­nado primero, detrás el perro. Habían dejado atrás el gran manchón rojo que la corriente se encargó de arrastrar.
-Ahora empieza lo bueno -dijo Medina entre dien­tes-, ya le reventé un perro.
El tiro del otro lado destruyó el silencio. Se dis­persó contra las hojas encima de ellos y la orilla del agua quedó erizada por el impacto múltiple.
Ramón se sentía impotente tirado boca abajo, sin poder hacer nada.
-Prestámela -le tendió la mano a Medina.
-No, están más allá del medio del río, por donde cruza la frontera. Esta vez mi venado no se salva.
El perro había dirigido a la presa hacia el bote.
Hasta a esa distancia era perceptible la lucha del ani­mal por sacarle ventaja a su perseguidor. El hocico se hundía por momentos, mientras las patas delanteras agitaban el agua en un afán desesperado por cobrar velocidad. Varias veces había querido desviarse hacia un lado u otro para evitar el encuentro con el bote que se le presentaba como un obstáculo insalvable, pero el otro animal -bien entre­nado- se encargó de guiarlo hacia su amo, con ladri­dos cortos y gruñidos.
No faltaba mucho para llegar al bote, puede que uno o dos metros. El venado, una vez más, orientó la cabeza hacia la izquierda de la embarcación. Se le notó el intento de cambiar el curso, arqueó el lomo bajo el agua. Pero el perro, en una maniobra rapidísima, se colocó a la par y volvió a orientarlo hacia el bote.
El cazador soltó la escopeta. Empuñó un madero grueso y levantó el brazo muy alto, por encima de su cabeza. Cuando tuvo a la presa cerca, lo descargó sobre la cabeza del venado. El bote vaciló, despidiendo cir­culares olas enérgicas que fueron a chocar con las pro­vocadas por el perro y la víctima.
Una gran calma pareció bajar sobre todo cuando el hombre ató una soga al cuello del animal muerto antes de que empezara a hundirse.
Ramón volteó la cabeza para ver a Medina. Tenía la cara bañada en sudor, como si hubiera hecho un esfuerzo descomunal.
-Son siempre los mismos. Algún día caen, como que hay Dios. O puede caer uno de nosotros. Pero éste -señaló hacia el río con la cabeza- también va a caer, igual que su puerco perro. Por lo menos ahora tiene uno solo. Y le va a llevar tiempo entrenar a otro, catire.
Ramón hubiera preferido ignorar todo eso. Pero él había visto. ¿Hasta qué punto el conocimiento no nos hace más desgraciados? se preguntó. Saber, ahora, le señalaba un solo camino: el de la acción. No iba a ser fácil impedir que estas cosas siguieran pasando. La decisión de volver a la selva se le había antojado, en su mo­mento, una luz diáfana que iluminaría la vida entera. Ahora sabía que tenía una responsabilidad.

Encuentro

El sol alargaba sombras parecidas a barrotes sobre la tierra de la avenida Tres Fronteras cuando Ramón emprendió el camino del bar. Se había lavado como para sacarse de encima la desesperación de aquel mediodía.
Pronto divisó la tierra apisonada frente al local. Le extrañó no ver al patrón sentado a la puerta.
Mala señal la silla vacía. Sólo dejaba de ocuparla cuando adentro había algún borracho pegajoso.
Ramón cruzó el pedazo de tierra asperjada y, antes de entrar, se detuvo. Le llegaba como una marea el murmullo de alguien que rezongaba. Cada tanto, la voz se levantaba en una sílaba enfática o al comienzo de una oración para decrecer como una ola en receso y perderse, otra vez, en la inmensidad anónima del susurro.
Un cubilete puntuaba irregularmente los silencios. Tuvo que acostumbrar sus ojos a la penumbra. Es­taban los de siempre. En una mesa se jugaba a los dados con cubos oscurecidos de tanto repartir azar. En otra, un paisano solitario ahogaba la mirada en una botella de tinto.
El recién llegado se acercó al mostrador, tratando de no pisar la cola del perro tendido sobre las baldosas  rojas. El murmullo provenía de un rincón a espaldas del muchacho, quien se acodó en el  mostrador y pidió sangría. Por momentos, el murmullo subió un poco de tono, pero no volvió a exacerbarse en notas destempladas como las que Ramón había oído desde la calle. Con el vaso en la mano, se dio vuelta hacia el rincón.
Reconoció el sombrero de paja que había visto a mediodía, en el bote. Ahora lo tenía infi­nitamente más cerca, pero no veía la cara porque el hombre mantuvo la cabeza gacha. Le volvió la espalda. Si se corría un poco a la derecha, no perdería de vista al otro a través del espejo que colgaba, alto y sucio, de la pared de enfrente. El cazador se sirvió más vino. Lo llenó hasta el borde y un poco más. El líquido rebasó y formó un charco sobre la mesa. Apartó la botella y el vaso con la diestra. Se corrió el sombrero hacia la nuca e, inclinándose sobre la mesa, chupó el tinto derramado. Un mechón renegrido le cayó sobre la frente. Al incorporarse, Ramón le pudo ver la cara, joven y curtida. El hombre guardó silencio unos minutos, mirando atónito, como si no supiera qué ha­cer del vaso. Desde la trastienda, oculta por una cortina de tiras de plástico pringoso, Ramón descubrió la figura vigilante del dueño del bar.
Reconoció la culata de una escopeta asomando al lado del cazador, quien mantenía el brazo izquierdo caído entre las rodillas. El hombre empezó a farfullar.
-Años entrenando -dijo.
Se agitaba. Siguió pronunciando palabras ininteli­gibles, hasta que:
-¡Perro fiel! -gritó-. Fiel. Bueno para caza.
Enseguida pareció gruñir o aclararse la garganta.
Ramón no dejaba de observarlo: cualquier gesto del otro hacia el costado significaba zambullirse detrás del mostrador. Levantó su propio vaso y bebió mi­rando la imagen que le devolvía el espejo por sobre el borde del vidrio.
-Conozco calzado. Sé quién fue.
Recién entonces descubrió la mirada de Ramón en el espejo. La sorpresa lo endureció y antes de que nadie pudiera moverse, tomó el vaso y lo arrojó contra el cristal: en el lugar veía la cara de Ramón.
El espejo se vino abajo en una lluvia de caireles.
Al mismo tiempo, el dueño salió de su escondite, ágil a pesar del gran volumen. Tumbó una silla antes de llegar al borracho, pero cuando éste quiso llevar la mano a la escopeta, ya le había sujetado el brazo hacia atrás y lo obligaba a ponerse de pie.
Trató de liberarse. El exceso de alcohol le daba mu­cho que hacer y el movimiento iniciado como puñetazo se diluyó en el aire buscando un punto de apoyo. Tenía la mano izquierda vendada.
En pocos segundos, el dueño lo dirigió hacia la puerta. De un empujón lo mandó a la calle. Todavía lo encañonó con la escopeta que le había quitado en el forcejeo.
-Andáte ahora. La próxima, te echo al gendarme encima.
Lo siguió apuntando hasta que el otro se perdió a los tumbos en la primera oscuridad de la noche.
La mujer del dueño ya barría los vidrios rotos. Ramón pidió otra sangría para bajar el susto.
-Estos, catire, son muy peligrosos -le confió el gordo-. Se criaron en la selva y siguen meti­dos allí. Generalmente están solos y todo lo aprenden de los animales. Salen muy de tanto en tanto, las pocas veces que tienen ganas de hablar. Cruzan el río y se vienen de nuestro lado, porque creen que no los cono­cemos. Su propia gente no los quiere por lo peligrosos. Si cae alguno, podés estar seguro de que no lo va a reclamar nadie.
Se secó las manos en un trapo maloliente.
-Borracho. Es capaz de liquidarnos a todos. Llegó a la tardecita. Parece que hoy le mataron un perro. Estuvo llorando no sé cuánto tiempo. Creo que es a lo único que quieren. Si es de los que mamados pier­den la memoria, estoy bien. Pero si se acuerda de la escopeta, seguro vuelve.
Hacía rato que los demás se habían ido. Ya casi era hora de cerrar.
-¿Cuánto le debo, don?
Ramón pagó. Cuando estaba saliendo, lo llamó el dueño.
- ¿No querés llevarte la escopeta? Por ahí te hace falta.
Aceptó el ofrecimiento, más como apoyo moral que como ayuda práctica. La escopeta estaba en tan malas condiciones que parecía peligrosa hasta para quien la usara. Trató de disimularla a lo largo del brazo y salió a la calle.